Cada invierno, cuando el frío aprieta en Galicia y el cuerpo pide cuchara y tradición, hay una cita que nunca falla: la Festa da Filloa de Lestedo. Y el pasado domingo volvió a demostrar por qué es mucho más que una fiesta gastronómica: es memoria, identidad y una excusa perfecta para reunirse alrededor de algo tan humilde —y tan glorioso— como una filloa recién hecha.
En la parroquia de Lestedo, en el municipio de Boqueixón, el aroma a masa caliente empezó a flotar desde bien temprano. Las filloeiras, auténticas guardianas del oficio, trabajaban sin descanso frente a las planchas, vertiendo la masa con ese gesto preciso que se aprende mirando a madres y abuelas durante años. El resultado: filloas finas, doradas en su punto justo, listas para enrollar, rellenar o simplemente devorar tal cual.
La Festa da Filloa, que cada año reúne a miles de personas, volvió a ser un éxito rotundo. Familias enteras, grupos de amigos y curiosos llegados de distintos puntos de Galicia se acercaron para rendir homenaje a este icono del Entroido. Porque sí, la filloa no es solo comida: es símbolo de carnaval, de sobremesas largas y de infancia con los dedos pringados.
El programa no se limitó a lo culinario. Hubo música, animación y ese ambiente de feria tradicional que convierte cualquier domingo en una celebración luminosa. Entre conversación y conversación, las bandejas iban y venían, y el murmullo constante se mezclaba con el chisporroteo de las planchas calientes.
Si algo dejó claro esta edición es que la tradición está más viva que nunca. En tiempos de prisas y pantallas, ver a tanta gente reunida en torno a una receta centenaria tiene algo casi revolucionario. La filloa, con su sencillez —harina, huevos, leche y paciencia—, nos recuerda que no hace falta complicarlo todo para ser feliz.
Pero la jornada no se quedó en lo culinario. Uno de los momentos más esperados fue el desfile de los Xenerais do Ulla, que aportaron color, sátira y ese punto teatral que convierte la fiesta en algo único. Con sus vistosos uniformes de inspiración decimonónica, caballos engalanados y sombreros cargados de plumas, los Xenerais recorrieron el recinto entre aplausos y móviles en alto.
Y, cómo no, llegaron los tradicionales atranques: esos duelos dialécticos llenos de retranca, ironía y crítica social. En ellos, los Xenerais se lanzan pullas cuidadosamente construidas, repasando la actualidad política y local con humor afilado y sin demasiados filtros. Es una tradición que mezcla improvisación, ingenio y memoria colectiva; un ejercicio de libertad popular que arranca risas, asentimientos y alguna que otra mirada cómplice.
El pasado domingo, Lestedo volvió a oler a hogar. Y quienes estuvieron allí lo saben: no se trató solo de comer filloas, sino de participar en una celebración que, año tras año, sigue escribiendo una de las páginas más sabrosas del invierno gallego.
No hay comentarios:
Publicar un comentario